December 11, 2017

Familias en donde el funcionario es la mujer

With the release of the bestseller Traslados, Silvia Korenblum, psychologist and diplomatic spouse, describe and explore the transitory migration of diplomatic life and its impact inside the family. Diplomat Magazine decided to publish this powerful companion book designed for diplomats and their families, in its original language. Photography by Pablo Grinspun.

Por Silvia Korenblum.

Entre los expatriados, se puede observar cada vez con mayor frecuencia familias en donde la mujer es la “funcionaria” y el hombre es el que acompaña.

Una de las primeras preguntas que surgen al pensar en este tipo de familias es: ¿Es más difícil para la mujer que para el hombre salir al exterior?.

Juana responde: “Hemos mejorado mucho, especialmente en el ingreso a la carrera, hace 20 años había “cupo femenino”, no ingresaban más de un equis número de mujeres. Ahora, hay equilibrio… Otro avance es que no hay destinos vedados a las mujeres antes había destinos que eran más imposible para una mujer.”
Como dice este testimonio, en los últimos diez años el porcentaje de mujeres en el Servicio Exterior de los países en general se incrementó fuertemente respecto del promedio de los 30 años anteriores, llegando al 60% entre los funcionarios más jóvenes. Como resultado de ello, las familias en las que el funcionario es la mujer, o en la que ambos son funcionarios, crecieron fuertemente.
En las familias en donde el funcionario es la mujer se da una inversión de roles convencionales. Es el hombre el que se ocupa del “adentro” de la casa y de funciones que son comúnmente atribuibles a la mujer. Es el Nuevo “amo de casa”.

Viviana, diplomática de 30 años relata: “No es tan fácil conseguir ‘maridos portátiles’. A un varón no le ‘resta’ tener una esposa acompañante, pero para la mujer diplomática la cuestión es distinta. El marido acompañante todavía es tabú. No es necesariamente el varón que se siente mal en acompañar (aunque puede ser el caso). Es el entorno social el que mide las dos situaciones con distinta vara.”.

En general para nuestra cultura es muy difícil que la mujer pueda delegar sin culpa las típicas “obligaciones” de las madres, llevar a sus hijos al colegio, ayudarlos en las tareas, ocuparse del pediatra, del supermercado, de la cocina etc., tareas que son típicamente femeninas. Es igualmente difícil que el hombre asuma esas tareas sin sentir que hay una mirada social que lo pone en una situación por lo menos incómoda.

Jorge Luis, cónyuge de diplomática: “Cuando salimos al exterior todo fue mucho más exigido de lo que creía. Yo pensaba que iba a poder salir a trabajar, pero cuando llegamos mis hijos tenían 3 y 5 años y ahí me di cuenta que no iba a ser posible, por lo menos al principio. Mi mujer estaba mucho menos disponible para las cosas de la casa, mientras que la familia extensa, que siempre ayudaba, no estaba. Entonces no me quedó otra, tuve que aprender todos los detalles de la instalación de la casa”.

La situación de la familia en donde la mujer tiene que salir rápidamente a trabajar y ocuparse de sus funciones hace que esas tareas deban ser asumidas por el hombre que, muchas veces, no está preparado práctica y mentalmente para ello.
Ante la inminencia de un traslado, esta situación que aparece como inevitable, debe ser previamente conversada por la pareja, por lo menos para ayudar en esa preparación sobre lo que se viene. No obstante, lo más probable es que la realidad supere ampliamente todo lo que pudimos anticipar al respecto, entre otras cosas porque este nuevo rol se dará en un contexto desconocido y de cambios, los que son desarrollados a lo largo de este trabajo.
La anticipación de estas situaciones, así como una franca comunicación acerca de cómo cada uno se siente en el nuevo rol una vez en el nuevo destino, son fundamentales. El silencio, lo no dicho, es el padre del resentimiento. Hace que la pareja se distancie, en una instancia en la que es imprescindible hacer equipo.

Marcela relata: “Al principio fue complicado, yo llegaba del trabajo y me empezaba a ocupar de la cena (como siempre en nuestro país) y mi marido con muy buena predisposición me preguntaba ¿te ayudo en algo? O sea, era mi obligación y eso me confundía mucho. Yo estaba mal, pero no entendía por qué, si mi marido era un amor. Ayudó mucho que pudiéramos hablar del tema y hacer una división de tareas precisa y clara”.
En la pareja debe haber mucha conexión y comunicación para que cada uno se sienta bien en el cambio de roles y no se sienta desubicado o inferior.
“Para que vos estés en la Embajada yo tengo que estar acá, y mi función es tan importante como la tuya”. Esto sería lo que tácitamente está implícito en la distribución de roles.
Para el hombre, el cambio de roles es complejo porque en general las mujeres están más preparadas que los hombres para congeniar con el trabajo del hogar sin desesperarse. El cerebro típicamente femenino está mucho más diversificado que el del hombre. En este sentido el hombre cónyuge tiene que hacer un mayor esfuerzo de adaptación.
Los hombres tienen que aprender a organizar las actividades contemplando las demandas cotidianas y a movilizar recursos para afrontarlas, sobre todo porque estas situaciones cotidianas tendrán como regla lo imprevisto y como referencia el contacto con un mundo exterior desconocido, que es el que deberá proveer las soluciones a estas nuevas situaciones.

Relata Juan, 37 años: “Una de las situaciones más molestas era cuando iba a buscar a los chicos al colegio, todas las mujeres se juntaban en la puerta para hablar de cosas, que ciertamente no me interesaban, ni siquiera entendía bien el idioma, así que era muy incómodo. La verdad es que no me gustaba mezclarme, me quedaba en el auto hasta el último minuto y siempre los buscaba apurado”.

Además de las dificultades que debe afrontar el hombre cónyuge, la mujer funcionaria siente que pierde el control sobre su casa y esto le genera mayor ansiedad y aumenta su sentimiento de culpa.
Por otro lado, como en el exterior la mayoría de los cónyuges de funcionarios son mujeres, las actividades que ellas realizan no suelen ser de interés de los hombres (juntarse a conversar, llevar a los chicos a cumpleaños, o a la plaza, etc.) por lo cual los hombres están mucho más “por su cuenta”.

Reflexiona Mariela: “antes los maridos que acompañaban eran muy pocos y básicamente se reducían a artistas, millonarios y vagos, hoy en día hay muchas profesiones que se pueden ejercer en distintos lugares, muchos trabajos se pueden hacer vía internet”.

Cuando el hombre o trabaja en la casa y, por lo tanto, se ocupa del hogar y de los niños mientras la mujer trabaja fuera de casa, la autoestima del hombre puede disminuir y éste tiende a deprimirse, angustiarse o a estar constantemente frustrado y enojado.
Hay muchas veces en las que resulta incómodo estar dando explicaciones acerca de esta “diferente” distribución de roles.

Dice Rubén, cónyuge de diplomática: “algo que nos ocurre con frecuencia, es que cuando alguien nos presenta a un tercero que aún no nos conoce y estamos juntos creen que soy yo el diplomático,… Invariablemente me preguntan a mí, qué hago en la Embajada. Evidentemente, la matemática ‘pesa’ y es cierto que todavía hay más ellos que ellas en este ambiente”.

Algunas mujeres sufren la contradicción interna entre la gratitud de saber que pueden desarrollar sus carreras con el apoyo de sus parejas, y de ser las únicas proveedoras, posición típicamente masculina en nuestra sociedad( no deja de ser extraño para ellas).
Con frecuencia, la situación en la que es la mujer la que trabaja, puede crear importantes conflictos. Ella es la que aporta el sustento familiar, por lo que puede tomar un rol de superioridad, y a veces puede reaccionar negativamente ante la respuesta emocional de su pareja, si éste se siente disminuido.

En las parejas en las que los roles están cambiados, ambos de alguna manera “defraudan” el mandato social: la mujer que es la que debe criar a los hijos y el hombre que es el que debe proveer el sustento.

Sin la prevención necesaria de posibles conflictos, el desafío de este mandato social puede, en algunos casos, disparar depresión, irritabilidad, falta de deseo sexual, somatizaciones, adicciones. Para evitar ello es imprescindible una buena contención y seguimiento de la familia.

Es muy importante que la mujer tenga en claro que ir a trabajar, no ocuparse tiempo completo de sus hijos, es también otra manera de ocuparse de sus hijos desde una distancia protectora. Si ambos no comparten esto ni la idea de formar un equipo, no será bien transitada la experiencia. La pareja debe funcionar como un verdadero equipo, que requiere de división del trabajo, de acuerdo a las necesidades cambiantes de la familia.

Una de las funciones primordiales de la pareja es la de complementarse, “tú tienes lo que yo no tengo, yo te apoyo en lo que te falta”. Esta dinámica permite ser más fuertes juntos que separados. Y ello es independiente de quién es el funcionario y quién se ocupa de la casa.

——-

La autora Silvia Korenblum, nació en Buenos Aires y es Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires. Tiene un Post grado en terapias de familias y parejas, además de un Magister en psiconeuroendocrinologia . 

Es Especialista en problemas de desarraigo y adaptación, ha ejercido su práctica clínica en diversas instituciones clínicas y hospitalarias. Ha trabajado dictando seminarios y coordinando talleres de orientación a padres de niños y adolescentes atravesados por la problemática de la migración, en diferentes países.

Es Autora de numerosas ponencias y artículos sobre su especialidad y del libro Familias en Transito, Lumen humanitas 2003.

Casada desde hace 25 años con un diplomático. Actualmente vive en Bruselas, ejerciendo su practica clinica, terapia y coaching on line.

Comments are closed.